Una visión crítica de la conservación de carreteras… en 1919

Pedro García Faria en uniforme de ingeniero de Caminos. Imagen sin datar.
Pedro García Faria en uniforme de ingeniero de Caminos. Imagen sin datar.

En esta entrada hemos reparado en nuestra biblioteca histórica de las carreteras, concretamente en el Ier Congreso Nacional de Ingeniería celebrado en Madrid en 1919 y en una de las ponencias presentadas, defendida por don Pedro García Faria (1858-1927), ingeniero de Caminos de la promoción de 1880, y por don Juan José Santa Cruz y Garcés de Marcilla (1880-1936), ingeniero de Caminos de la promoción de 1901 y proyectista de la carretera que une la ciudad de Granada con Sierra Nevada hasta el pico Veleta.

En dicha ponencia ambos ingenieros defienden un nuevo modelo de conservación de las carreteras españolas, entonces técnicamente caminos, pues la inmensa mayoría no estaban pavimentadas (aún quedarían varios años para la llegada al gobierno del general Primo de Rivera y para el Circuito Nacional de Firmes Especiales puesto en marcha en 1926). Dicho modelo buscaba garantizar la autoridad de los ingenieros de Caminos en la gestión de las carreteras, así como la profesionalidad de los peones camineros encargados de los trabajos de conservación y del público en general en lo tocante al respeto a la carretera como activo del país. Sin mayor introducción, damos paso al texto de la ponencia.

Portada del libro de actas del Ier Congreso Nacional de Ingeniería (1919)
Portada del libro de actas del Ier Congreso Nacional de Ingeniería (1919)

“MODIFICACIONES QUE DEBEN INTRODUCIRSE PARA LA MEJOR CONSERVACIÓN DE LAS CARRETERAS”

Por D. Pedro García Faria y D. Juan J. Santa Cruz

En el constante solicitar de España, reclamando incesantes mejoras, en pocos puntos podrá reconocerse mayor razón que en el que se refiere al pésimo estado de sus carreteras.

Faltas de firme al que se atiende con insuficientes recargos, logrados sólo cuando el daño llega al escándalo, o cuando la influencia política permite atender a las peticiones de la región, sin coronaciones sus obras y rotos sus postes indicadores por el vandalismo, no corregido, de los que por ella transitan, arada más que surcada por rodadas que llegan a la explanación, sujeta a los caprichos o a los excesos del carretero, que no obedece más que a las imperiosas razones de la Guardia Civil y se ríe de denuncias, que sabe bien cómo eludir en la política de campanario, y atendidas por peones, en su mayoría viejos e impedidos, que en los casos mejores limpian pausadamente las cunetas, quizá pensando que lo peor que les pudiera ocurrir fuera la implantación obligatoria de la jornada de ocho horas efectivas, es lo cierto que el daño es tan evidente, que ante la contemplación de todos, cae el descrédito, no contra determinados individuos, sino como vergüenza colectiva del Cuerpo de Ingenieros de Caminos.

Es en balde que en partes oficiales, que no transcienden al público, tratemos de justificarnos, para todos, que no ven sino apariencias aplastantes contra nuestra competencia y, acaso, contra nuestra honorabilidad; la culpa es nuestra, y este criterio cristalizó en un intento de dar al Cuerpo de Caminos fiscalizaciones ajenas a su Instituto; intento que por nuestra suerte, no pasó de serlo.

Peones camineros trabajando
Peones camineros trabajando

Pero como esto puede repetirse, y como la voz pública va limando a nuestra gestión el apoyo que siempre es necesario a cualquiera colectividad, es preciso que se vean las causas que impiden la buena conservación de las carreteras y tratar de alguna manera de remediarlas, proponiendo como conclusión estas que se someten a la deliberación del Congreso, o las que éste acuerde modificándolas.

A nuestro juicio, las causas -determinantes del mal estado de las carreteras son:

  1. Falta de crédito
  2. Mala inversión de ellos por las trabas que ofrece la Ley de Contabilidad
  3. Tránsito destructor de las carreteras por las reatas, la estrechez de las llantas y el carro de dos ruedas
  4. Mala organización del Cuerpo de Camineros, en que perduran los viejos y los inútiles
  5. Falta de autoridad para corregir las faltas en las carreteras por tropezarse con el caciquismo rural

La falta de créditos no creemos necesite justificación; las cantidades consignadas en los presupuestos del Estado son totalmente insuficientes, y todavía se encarga la organización actual de hacer repartimientos en que quedan grandes disponibilidades para el favor; los sueldos de capataces y camineros representan partidas importantes, cuyo coeficiente de aprovechamiento es bien escaso, y las partidas para conservación extraordinarias representan la lluvia benéfica con que el partido en el poder satisface, a veces con perniciosa abundancia, los deseos de los más influyentes. Pero la carretera sin padrinos, la vía abandonada a sus recursos, cuenta en la realidad con un crédito irrisorio para su conservación ordinaria, y en espera de un presupuesto extraordinario, que nunca llega, destrózase la calzada que, a veces, no cuenta con más de 200 pesetas de anualidad por kilómetro.

Reata de mulas o caballerías, del tipo de las que hace referencia la ponencia
Reata de mulas o caballerías, del tipo de las que hace referencia la ponencia

Es urgente que se asignen dotaciones medias de 6oo a I .000 pesetas por año y kilómetro, si queremos que las vías españolas puedan ser transitables.

Pero, además, la escasa consignación, o las providenciales conservaciones extraordinarias, se han de invertir con arreglo a los principios inquebrantables de esa ley funesta de Contabilidad, causa y origen de inmoralidades y faltas administrativas, rémora para cualquier servicio bien intencionado.

Llueva a mantas o agoste la sequía, suban o bajen los jornales, los créditos han de invertirse en plazos fatales, a cuyo final, si no se han invertido totalmente, han de ser reintegrados los remanentes sin justificar, y, fatalmente, en final de ejercicio, no ha de quedar un solo céntimo en las cajas de las Jefaturas, que, exhaustas, deben permanecer hasta los primeros libramientos, que nunca pueden hacerse efectivos, en los dos primeros meses del año.

Después, vienen los créditos extraordinarios consignados expresamente para determinados kilómetros, enviados atropelladamente, y con los que nunca se puede contar, y el Ingeniero Jefe de Obras Públicas, con recursos escasos y mermados, sujeto a férreas prescripciones, alejadas de la realidad, debe pensar con amargura que acaso fuera una solución que la contabilidad marchase por un lado y la realidad por otro, aun cuando esto fuera abrir brecha a posibles inmoralidades y a dudas sobre el funcionamiento de la oficina, escollos fácilmente evitables dando a las Jefaturas las facultades que para su contabilidad disfrutan las Juntas de Obras de puertos.

Camino Real de Reinosa a Santander a su paso por la hoz de Bárcena
Camino Real de Reinosa a Santander a su paso por la hoz de Bárcena

El tránsito actual es, además, profundamente destructor: el carro de tres a ocho toneladas, sobre un eje de dos ruedas, cuyas llantas llegan a veces a no tener más de cinco centímetros de ancho, con reata de siete u ocho mulas, es el mejor artefacto que puede sonarse para destrozar una calzada. Los cilindros mayores de que disponen las Jefaturas, los de 20 toneladas, dan una presión sobre el firme inferior a la de un carro de dos toneladas. La mula de varas y la reata, al andar, imprimen al carro un movimiento oscilante, combinado con el de rodadura que disgrega el firme, y la rueda estrecha, al frenar, es un cuchillo que crea, más que una rodada, un surco. En ningún país se ven estos artefactos; y un prudente régimen fiscal, imponiendo contribuciones crecientes sobre el carro de dos ruedas, sobre la disminución de anchura en las llantas y sobre las reatas, podría lograr, en un plazo quizá breve, la transformación del tráfico sin acudir a medidas radicales, cuya violencia es una defensa contra su aplicación.

El caminero es, seguramente, uno de los defectos mayores de la carretera.

Con el puesto debido a un padrino influyente, que, además, le ha logrado, en general, que le asignen los kilómetros en que trabaja, creyendo que ha recibido, no un empleo para sus actividades, sino un premio por los servicios que prestó a su padrino, lejos de toda vigilancia directa, hoy día, con un reglamento con el que sabe que su cesantía se ha de decretar por los mismos que por influencia le colocaron, el caminero, apto para el trabajo, lo escatima, lo reduce, y únicamente ante la amenaza del tras lado, única solución práctica, realiza de mala gana la labor que se le encomienda.

Hablo del caminero de tipo medio: hay excepciones honrosas que nunca ensalzaremos bastante.

Pero al llegar a una edad en que faltan las energías, cuando los años o las dolencias imposibilitan todo trabajo, queda el caminero asilado en su casilla, cobrando un jornal que es una obra de caridad, y contra lo cual no cabe más que la crueldad, que no creo haya cometido ningún Ingeniero, de arrojarlo como residuo inútil a los rigores de la mendicidad.

Accidente en una carretera española (1925)
Accidente en una carretera española (1925)

Y, como reverso, vemos que el viandante y el carretero no respetan al caminero; que los alcaldes no hacen caso de sus denuncias; que ante su presencia se destrozan las obras de fábrica, y que es inútil para la vigilancia y poco útil para el trabajo; su jornal grava en forma desconsiderada nuestro actual presupuesto de carreteras.

Es necesario transformarle, darle mayor autoridad, sacarle mayor rendimiento y que pueda en su vejez obtener un poco de pan, no de la consideración caritativa de sus jefes, sino de la justa remuneración de la Administración.

Y para acabar estos breves apuntes que sometemos a la consideración del Congreso y a la de los Ingenieros de Caminos, no creemos sea necesario insistir en la autoridad nula de que disponemos sobre la carretera. Los que la cruzan creen un juego distraído cortar el arbolado, destruir las coronaciones y apedrear los postes indicadores; el carretero mete su vehículo por el paseo, y si cae en la cuneta, abre una rampa que nunca cuida de hacer desaparecer. La piedra que pone para que no ceje el carro queda en la explanación, y para nada le preocupan los inconvenientes que su conducta puede acarrear al que detrás de él circule; el mecánico del automóvil, que suele unir a la insolencia del lacayo de casa grande la impertinencia del que cree saber mucho, destroza paseos y cunetas, valido de la influencia de su señor; y la carretera, huérfana de autoridad, presenta siempre las características de un algo que todos tratan de destruir. La denuncia del peón se desatiende, y sólo prospera contra desgraciados sin valimiento, y hasta su presencia suele servir para burla, ya que, no disponiendo de medios coercitivos, no puede hacer valer una autoridad que en medio del campo sólo sabe sostener incólume la Guardia civil.

Es preciso acabar con este estado de cosas; es necesario que la autoridad de los Ingenieros de Caminos sea en las carreteras análoga a la que tienen nuestros compañeros de Montes en los del Estado; es preciso que el caminero sea guarda con autoridad plena, y que el caciquismo de campanario o de Corte no se interpongan entre las faltas a la policía de carreteras y su sanción por los encargados de cuidarlas.

 

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